por Donna R. Walton, doctorado en Educación
Fotos de René Alston
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Traducción al español: The BilCom Group
inMotion, Volume 16, issue 4, July/August 2006- Towards Reaching “Normalcy”- Does it Really Matter?
English Version is available in Library Catalog

Donna riding motorcycle with prosthetic leg held over her shoulderIntentar alcanzar la normalidad ―que yo solía definir como “caminar sin cojear”― fue un recorrido que inicié hace 30 años, cuando me amputaron la pierna izquierda como consecuencia de un cáncer. Tenía 18 años y nunca se me hubiera ocurrido salir de casa sin mi pierna artificial. La mera imagen de mi pernera metida bajo la pretina, como aquel joven al que cariñosamente llamábamos "el cojo Steve", y que supuso mi primer encuentro con un amputado cuando estudiaba en la secundaria, me hacía sentir muy, muy incómoda y rara.

Desgraciadamente, mi nivel de amputación está muy por encima de la rodilla y el muñón es muy corto; de hecho, solo me quedan unas pulgadas para tener una desarticulación de cadera.

Puesto que no quería que me consideraran una amputada toda la vida, soñaba con tener una pierna artificial que me permitiera caminar sin cojear; quería ser simplemente Donna, no el objeto de curiosidad de todo el mundo.

Así que seguramente se puede imaginar lo entusiasmada que estaba cuando hace poco me ajustaron una nueva rodilla neumática de cuatro ejes: la unidad de rodilla favorita de muchos amputados femorales. Creía que esta nueva rodilla me ayudaría a esconder mejor el hecho de que tengo una amputación.

¡Pero resultó ser toda una experiencia! Verá, tenía la fantasía de que esta pierna transformaría mi cojera en una marcha de paseo. Estaba tan emocionada por haber pasado a una pierna de tecnología avanzada que me permitiría caminar sin cojera y sin bastón. Desgraciadamente, la nueva rodilla me decepcionó y frustró rápidamente.

Puesto que mi muñón es muy corto, nos supone un gran reto tanto a mí como a mis protésicos. Había estado tan inmersa en el sueño de caminar sin problemas, con rapidez y sin cojera que no era consciente de los retos que tendría que afrontar, como el peso de la rodilla y las limitaciones inherentes al hecho de tener un muñón tan corto.

Probablemente mis protésicos sabían que era posible que no pudiera hacer realidad mi sueño de caminar sin cojear, pero no se atrevieron a decírmelo por miedo a acabar con mis fantasías.

En realidad quería una pierna computarizada pero no era una opción porque mi seguro no la cubriría y yo no estaba económicamente preparada para pagarla. Esas piernas pueden costar más de 32.000 dólares ―sin duda, un precio muy alto a pagar por la “normalidad”―. No es raro que las personas con discapacidades sueñen con ser lo que el mundo considera “normal”. Quizás usted también sueñe con ello.

Curiosamente, hace poco conocí a otra amputada de unos 30 años con sentimientos muy parecidos a los míos.

También lleva una prótesis por encima de la rodilla porque no tiene cadera, y también cojea mucho al caminar.

“No es fácil tener una discapacidad”, dice, “y mucho menos cuando se tiene una cojera muy evidente. Cuando entras en una habitación, nunca estás segura de si la gente se te queda mirando por tu forma de caminar o porque les gusta la ropa que llevas. Te acabas acostumbrando a las miradas y a los cuchicheos, pero eso no hace que estén bien ni que tengas que acostumbrarte a ellos. Siempre evito, tanto como puedo, entrar en una habitación llena de gente o cruzar una habitación cuando voy a dar una conferencia. Cuanto menos tenga que caminar, mejor”.

Es incluso más difícil conocer a gente nueva, explica: “Durante algún tiempo intenté tener citas en línea, y cuando les conocía en persona, hacía todo lo posible por llegar antes y estar ya sentada cuando él llegara para que, al menos, la cosa pudiera empezar con "normalidad".

“Lo ‘normal’ es un término relativo”, continúa, “pero se trata de algo que muchas personas desean ser cuando son jóvenes. Durante toda mi carrera académica, hasta llegar a la universidad, lo único que quería era ser como los demás niños de mi clase. Hasta cuando llevaba exactamente la misma ropa o me arreglaba el pelo de la misma forma, seguía sin ser como ellos”.

Esta joven es el ejemplo perfecto de cómo puede llegar a afectarnos la excesiva preocupación por nuestras diferencias. “Tengo períodos de inseguridad”, admite, “y nunca me he sentido totalmente segura de mí misma, aun cuando el problema no tenía nada que ver con mi forma de caminar o mi pierna artificial. Son los efectos secundarios de ser una persona discapacitada, sobre todo cuando la discapacidad es evidente”.

Mi propia dificultad para andar con la nueva rodilla neumática de cuatro ejes también me resultaba muy frustrante y me creaba períodos de inseguridad. Al final, tuve que afrontar el hecho de que no iba a poder caminar mejor con ella.

Lo importante, sin embargo, es que ahora sé que eso no significa admitir una derrota, sino cambiar el objetivo. Durante años, mi lucha había sido caminar sin cojera. Sin embargo, ahora comprendía que mi situación podía haber sido mucho peor. Podría no haber sido capaz de caminar en absoluto. Ahora, mi lucha es simplemente caminar, con o sin cojera. Ahora comprendo lo valioso que eso es y que el resto es adicional.

A lo largo de los años, me he esforzado por desarrollar mi autoestima y seguridad en mí misma y casi me arriesgo a perder ambas cuando decidí que tenía que volver a caminar con “normalidad”. Mi cojera es mía, y a mí me resulta muy “normal”.

¿Por qué nos importa lo que piensen los demás sobre nuestra forma de andar? La cuestión es poder caminar o llegar a donde queremos ir, tanto si es con un bastón como con una silla de ruedas, ¿no? A veces, cuando nos esforzamos por hacer que los demás se sientan cómodos, perdemos el norte y no sabemos lo que nos hace sentir cómodos a nosotros.

La joven que conocí hace poco parece haber llegado a una conclusión parecida.

“No me gusta mi cojera”, explica, “pero ya no dejo que me defina. Soy una persona como cualquier otra; lo que pasa es que camino un poco diferente".

Dice que necesitamos un cambio cultural con respecto a la forma en que nos vemos unos a otros.

“No deberíamos basar nuestras conclusiones en la apariencia de la gente, ni en su forma de caminar o hablar, sino en sus palabras y acciones”, afirma. “Si basamos nuestras opiniones simplemente en la apariencia o forma de andar de las personas, ¡nos quedamos sin conocer a mucha gente maravillosa!”.

Creo que puedo añadir algo a su comentario. No solo no deberíamos juzgar a otras personas basándonos en su apariencia o en su forma de caminar… tampoco deberíamos juzgarnos a nosotros mismos.

¿Alguna pregunta?

 

Sobre la autora

Donna R. Walton, EdD Donna R. Walton, doctora en Educación, obtuvo la maestría en educación de adultos en la Universidad de Siracusa y el doctorado en Psicopedagogía en la Universidad de George Washington. Walton es la fundadora de LEGGTalk, Inc., una empresa que concibió hace diez años con el nombre de Dream Reach Win, Inc. con el fin de motivar y capacitar a las personas para superar sus limitaciones personales (reales y aparentes) y para lograr su propia visión del éxito. Oradora dinámica y premiada, Walton ha participado en la Celebración Nacional del Día de los Supervivientes del Cáncer, en la Conferencia Anual sobre Discapacidad, y en muchas escuelas, universidades e instituciones.

Para más información sobre LEGGTalk, Inc., o para tomar parte en el blog de LEGGTalk, visite www.leggtalk.com
Actualizado en: 07/27/2011
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